Hace unos días el reconocido periodista Ricardo Rafael, presentó su último trabajo de investigación sobre el conocido caso del “secuestro” de Hugo Alberto Wallace ocurrido en la CDMX en 2005. Dicho acontecimiento generó (y sigue generando), toda una serie de reacciones por las múltiples implicaciones que se derivaron de aquel acontecimiento.
Por principio de cuentas, hay que decir que existen fundamentadas dudas de que se trató de un secuestro, seguido por el estrambótico comportamiento de la mamá del implicado, Isabel Miranda de Wallace, quien utilizó los medios a su alcance para hacer del caso uno de los más mediáticos a nivel nacional.
No es para menos. Los ingredientes de la historia son a la par complejos como inverosímiles. Se trata de un secuestro donde pidieron el rescate meses después de que desapareció el implicado, cuando presuntamente ya estaba muerto.
También, estamos ante el caso más mediático de secuestro, donde este delito era el “pan nuestro de cada día” y se quedó en la memoria de los mexicanos, porque la madre que era propietaria de una empresa de publicidad, se encargó de exhibir en espectaculares a las personas que según ella, eran los responsables de lo ocurrido a su hijo.
De tal suerte que se fabricó una imagen de linchamiento contra algunas personas, sin tener los elementos procesales para darles de categoría de responsables, implicados o cómplices de algún delito.
Si esto no fuera poco, Isabel Miranda recibió en 2010 de manos del presidente Felipe Calderón, el Premio Nacional de Derechos Humanos, pese a las denuncias formales de detención ilegal, tortura y encarcelamiento injusto de sus inculpados por el supuesto secuestro de su hijo.
Aunado a que, en 2012, fue presentada como la candidata ciudadana por el Partido Acción Nacional (PAN) a la jefatura de Gobierno del Distrito Federal (GDF) para el periodo 2012-2018.
Es decir, el consecutivo de esta historia se resume en una madre vulnerada por el “secuestro” de su hijo, que en su afán de encontrar a los culpables, realiza una investigación por sus propios medios y se convierte en una voz ciudadana reconocida, capaz de denunciar y señalar a la autoridad.
Después, desde ese manto purificador que otorga la sociedad civil, se convierte en candidata del mismo partido en el poder. Es decir, de ese bloque que no fue capaz de resolver la desaparición de su hijo.
Caben dos opciones, que el autor del texto pone a consideración del lector, la mujer aprovechó el caso de su hijo para generar todo un plan y obtener los reflectores suficientes que le permitieran ser jefa de gobierno de la ciudad de México. O bien, el propio poder político creó a su antagónica, es decir, una persona que sufrió en carne propia “una injusticia” y que pudiera jugar el papel de opositora controlada desde Palacio Nacional.
Cualquiera de las dos hipótesis, parecen imprudentes para aquella mujer que se presentaba como defensora de los derechos humanos y muy cercana a la élite gobernante. Si algo le faltaba a la historia, resulta que días antes de la presentación del libro citado, se informó de la muerte por enfermedad de Isabel Miranda de Wallace. Hecho que viene a poner más intriga y sospecha al caso de secuestro más conocido del país.