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(Por Lorenia Lira) Martes, 19 de Febrero de 2019 -- 10:30 am

  

María Bravo Becerril

 

Tuve el gusto de conocer una colección de figuras muy particular. Fueron hechas por una mujer tulancinguense que nació en 1878, María Bravo Becerril. Cada pieza es una belleza, no sólo por la minuciosidad con que fueron hechas, sobre todo porque reflejan la mirada de la vida cotidiana de la autora. Son hechas de tela, hilvanadas con zurcido invisible, con agüita de café daba el color a las telas, las sillas están hechas con alas de gallina. No hay una igual a la otra. Cada cara muestra una expresión diferente. Las hay de unos 10 centimetros hasta algunas de casi 30. Hay unas solas y otras acompañadas. Todas perfectamente vestidas, incluso con ropa interior que incluye fondos de encaje y calzoncillos. Algunas estan leyendo el periódico, otras llevan anteojos, aretes, collares, jorongos, tacos, canastasy todos esos accesorios fueron hechos por Marica.

Las mujeres de finales del siglo XX no tenían acceso a la educación, pero quienes eran artistas, encontraban la forma de expresarse.

María Bravo Becerril en 1878, año en el que comenzó el porfiriato. Nació en la esquina de Morelos y la calzada. Ella era la más joven de tres hermanas: Cristina, Flora, y Marica que era como le llamaban de cariño. Fue soltera, vivió al final de su vida con su primo Francisco Bravo. Era muy religiosa, por lo que fue la coordinadora del grupo "Las hijas de Maria". Su familia la recuerda como una persona transparente, bondadosa y de alma muy serena. Eso se refleja en su producción, se nota la paciencia, la paz de su alma, además del gusto y el oficio

Marica salía poco de su casa, como todas las mujeres de su época. Su vida transcurría entre las labores de su casa y su pasión: regalar sus figuritas a la gente que quería. Se reunia cada semana en la Catedral donde rezaban y hacian obras beneficas. Hay 39 piezas exhibidas en la casa de su sobrino mayor, forman parte de la colección particular de sus 3 sobrinos. Las guardaron por cariño, fue hasta el diciembre pasado que se dieron cuenta del valor que tienen aparte del sentimental.

Marica, además de hacer muñequitas, cocinaba pan de pulque con huevo. Sabía leer y escribir y se nota que era gran observadora de lo que pasaba a su alrededor, eso queda claro al ver su obra. Ojalá que estas muñecas estén pronto en una exposición abierta al público, para que usted, estimado lector, las pueda admirar.


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